COLATERAL I

COLATERAL II

BAÑO DE PUEBLO PARA LAVARSE LA CARA .

El nombre de Valle de Chalco Solidaridad, nació en el año 1994, cuando el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari lo nombró para hacer referencia al programa social más importante de su administración. En el Pacto Nacional de Solidaridad se vieron reflejados en el Municipio de Valle de Chalco Solidaridad, donde incluso Carlos Salinas durmió para resaltar su compromiso con los pobres.

JABONES BIO-MERITOCRÁTICOS

COLATERAL III



RODRIGO PARRINI

CDMX 2026

El efecto es el método

Daños colaterales es un recorrido por la arquitectura, colosal e íntima, del neoliberalismo en México. Expone fotografías de grandes monumentos y traza una microfísica de la experiencia de las trabajadoras que realizan ventas por su cuenta. Retrata los muros de una colonia periférica y las gráficas del Banco de México. Se detiene en los detalles y crea paisajes. La exposición se organiza en torno a una famosa frase de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher: “La economía es el método. El objetivo es cambiar el alma.” Aún vivimos los efectos de ese dictum imperial, pero el trabajo de Nirvana Paz transita sobre sus ruinas: ideológicas, materiales, subjetivas y políticas.

En sus intervenciones, el neoliberalismo parece más una anestesia que un estimulante, algo que retarda en vez de acelerar, un infinito ritual para adelgazar más que un complejo movimiento político y económico. Si bien se le ha leído como un corte en la historia del que todavía mana sangre, podemos imaginarlo, también, como un encantamiento pospuesto que aún no logra su propósito y, a pesar de su fracaso, no se difumina.

La pesada arquitectura que celebraba el Programa Nacional de Solidaridad del sexenio 1988-1994, y que ocupó algunos puntos de las carreteras del país, tuvo la forma de un acto de magia (brujería capitalista, Stengers y Pignarre dixit) más que la de un proyecto arquitectónico, como si los gestores del cambio histórico quisieran protegerse de sus efectos. La intuición de Nirvana la lleva a elaborar objetos para realizar dos actos: jabones para purificar y esferas para ver el futuro. En sus materiales se percibe una insistencia en la transparencia: edificios, leyes e instituciones ad hoc parecen develar la densa oscuridad que propician.

El neoliberalismo trata de borrar sus consecuencias o de pulir su carácter con los gestos más clásicos del pensamiento mágico: invertir y oponer. ¿Son las fotografías y los otros objetos de la exposición un recorrido por esa brujería mercantil? La artista intuye que debe replicar los procedimientos estéticos para develarlos, profundizando su nitidez y luminosidad. Es inquietante pensar que, así como se privilegia la transparencia, aumenta la paranoia, quizás el estado anímico y afectivo contemporáneo más importante. Ya no se trata del Estado profundo (deep state) sino de otro casi epidérmico, no de guerras sucias sino de violencias limpias, como garantizarían los jabones de la muestra.

La exposición intuye y sigue una redistribución de lo visible y lo cognoscible. Los secretos ya no se esconden en los archivos sino en las superficies: los edificios transparentes, los enormes monolitos, los gráficos o los informes públicos. Si fuera así, pensemos la exposición como otra consecuencia de las modificaciones introducidas por un régimen visual y de saber: las fotografías son manifestaciones de una inocencia estética antes que de una sospecha política.

La paranoia presume que lo visible encubre algo que no conocemos o guarda algo que no vemos y se rebela ante esa inconsistencia. En cambio, la exposición supone que los efectos del neoliberalismo están esculpidos en los paisajes con tanta fuerza como en las “almas”. Se crea, así, lo que Hakim Bey llama topósfera, una atmósfera de lugares, espacios y sitios en distintas escalas: las paredes descascaradas de una casa en la colonia Solidaridad, del Valle de Chalco; el rostro de las mujeres que han trabajado como vendedoras independientes; pequeñas réplicas de los grandes monolitos que celebraban el Programa Nacional de Solidaridad. Esas imágenes están ahí, expuestas en una especie de intemperie sin culpa, como si el tiempo se cifrara en los ojos que las contemplan antes que con sus propias materialidades.

Daños colaterales plantea un giro en el que los efectos que intenta discernir se dispersan entre sus espectadores, como si los efectos que auguraba Thatcher ya hubiesen cuajado y ellos mismos fueran el método: de mirar, de comprender y, quizás también, de vivir.

El esplendor y la ruina

¿De qué manera esos laberintos morales y narrativos, ese sottovoce del cuerpo y la imaginación, pueden construir una materialidad y una visualidad que nos afecte y que nos anuncie los efectos de un proyecto histórico? Cuando los gobiernos neoliberales crearon un tipo de arquitectura estatal, en la que los logros económicos correspondían con las alturas de los monumentos o con la extensión de las nuevas colonias, estaban afirmando tanto la novedad de sus propósitos como la temporalidad de sus intenciones, como si el proyecto neoliberal contuviera algo del tiempo de las pirámides, una especie de eternidad en inmediato deterioro. En ese intervalo, se despliegan el esplendor y la ruina. Y ninguno ha dejado de suceder, como si el brillo dependiera de la tonalidad grisácea de los paisajes y las ruinas de la transparencia sólida de los edificios. Esplendor ruinoso, ruinas esplendorosas. La luz juega con la historia.

Las fotografías y los objetos de la exposición oscilan entre dos materialidades y dos estéticas. Por un lado, los objetos están hechos de materiales sólidos: metal, cristal o plástico. Pero las fotos, muestran construcciones de concreto roídas, descascaradas. Si en los objetos priman las transparencias y los reflejos, en las fotos lo hace una oscuridad paulatina que cubre los monumentos y las casas, también a las personas. La exposición resguarda, así, dos trayectos históricos: el esplendor de la instauración neoliberal y las ruinas de su memoria material. En ese sentido, en las salas se traza una tensión visual y encarnada entre las manifestaciones triunfales del neoliberalismo y su detritus. Esto opera como una lección moral, por así llamarla, que destaca los efectos de una hybris histórica en la que la ambición y la codicia cubrieron el horizonte del deseo como las disposiciones sensitivas y corporales más relevantes.

Un tiempo atado

En noviembre del 2025, la fotógrafa le dio una visita guiada a un grupo de estudiantes de licenciatura de la UAM Xochimilco. Mientras Nirvana iba explicando los distintos espacios y los objetos también tuvo que relatar la historia del neoliberalismo a personas que nacieron durante la primera década de este siglo. Personajes, acontecimientos o lugares que, de alguna manera, se daban por sentado, había que explicarlos. Los visitantes no estaban fuera de esta historia, sino demasiado dentro: habían nacido durante del neoliberalismo y aquello que para Nirvana era historia, para ellos era solo sentido común.

En esa visita emergió un anacronismo vívido, como si el tiempo no hubiese pasado sino transformado en un presente continuo, como el que Frederic Jameson identifica con el capitalismo tardío. La artista actuaba como una narradora que tenía que conectar los hechos con las memorias, los efectos con sus causas probables. Las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado parecían muy lejanas. La propia exposición muestra una caducidad generalizada. Pero, desde otra perspectiva, esos objetos, esas imágenes, conservaban una fuerza de interpelación que iba más allá de su localización histórica o su relato, para configurar el presente como un tiempo atado.

¿El pasado era aquello que la fotógrafa explicaba o el desconocimiento de los visitantes?, ¿dónde se jugaban los efectos?, ¿en la novedad de los edificios o en la precariedad de las subjetividades que los contemplaban, totalmente dentro, pero también fuera?

En ese momento, cuando constatamos que eran necesario contar la historia para entender el presente más inmediato, tuve la sensación de que nosotros mismos éramos piezas de la exposición: algunos como testigos, otros como oyentes. La mutación histórica que Nirvana explora estaba encarnada en sus espectadores, pero no como una ruptura o un saber pospuesto, sino como una profundidad indetectable. Allí se hacía perceptible el dictum de Thatcher, cuando los efectos se esconden como ausencia o como hiato.

Tal vez es demasiado pronto para cantar victoria y anunciar que el neoliberalismo ha terminado. Quizás solo se ha vuelto imperceptible, aún más transparente o esplendoroso. Es necesario preguntarse cómo se podría desatar el tiempo, porque de alguna manera de trata de devolverle al presente su carácter inédito, inesperado, oscuro e inestable


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